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Un día de estos, amigo lector, si la luna es la correcta, los planetas se alinean y tienes tú la suerte y privilegio de adquirir el ron apropiado y la charcutería cara que hace juego, te contaré yo como pasé de cínico detractor de La Habana Vieja a cínico enamorado de La Habana Vieja.

Apuesto a que ya has intuido cual es el núcleo dramático de esta historia prometida… cherchez la femme…

Ella, te adelanto, tenía el pelo rojo, revuelto y con olor a salvia y los ojos verdes y unas malas pulgas de esas de padre real y madre imaginaria.

Y sé que te quedas con sed, pero a la espera de que abones las debidas tarifas en la forma de los rones y embutidos pactados, nos conformaremos con la información que concierne al presente escrito, esto es: de todas las nostalgias y dones que me fueron otorgadas en esa vida anterior, una de las que más disfruto es el placer que encuentro en recorrer las callejuelas de la Habana Vieja en las noches. Esos rincones a los que espero nunca les sea amputado el misterio, por el advenimiento de la eficiente y aséptica iluminación de los bombillos LED.

La Habana Vieja con bombillos LED, amigo lector, es como Greta Garbo en mono deportivo hecho a la medida. O como ponerle un doblaje español a la Penélope Cruz de Vicky, Cristina, Barcelona… funcional y carente de magia.

Afortunadamente aun padecen sus sombras los rincones.

Lo único mejor que La Habana Vieja, es La Habana Vieja bajo la lluvia y a ese maremoto de sensaciones, de tobillos húmedos, de manos que se encuentran aferrando la empuñadora de la sombrilla, me arrastró la L., mi secuaz y alter ego, una de estas noches.

Supuestamente el objetivo era premiarme por mi buen comportamiento. Yo, que siempre me porto bien, no sabría diferenciar cuando me lo gano y cuando no, pero ella parecía decidida a pagar la cuenta y… ¿quién soy yo para detener a ese tren de mulherao?

Toda esa música que ella encarama sobre tacones y yo, bailamos calle Tejadillo abajo hasta Donde Lis.

Se trata de una de esas casas, puerta a la calle, puntal alto, neoclásico y ecléctico todo, rescatado para la modernidad con sus fortunas y desgracias. Por ejemplo ese patio interior al que le colocaron una cubierta de acrílico transparente a guisa de lucernario, para hermetizarlo y propiciar la climatización. El problema con ese acrílico es que tiende a quebrarse con los cambios de temperatura del día y la noche y a la altura de un par de meses después de la inauguración, era un colador que inutilizaba el salón resultante durante los días de lluvia. La buena noticia es que si colocan plantas en los rincones apropiados, podrán aprovecharse de las regaderas naturales.

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El servicio, atento aunque algo descolocado por la lluvia, revoloteo alrededor de nosotros en el saloncito interior en el que nos ubicamos, un lugarcito estéticamente bien diseñado aunque un pelín apretado para nosotros los de huesos largos. El hecho de que la L. fuera ex profesora de la universidad de la mitad del personal no contribuía a su desempeño ni bienestar. Las chicas parecían en medio de un examen, fenómeno que, por cierto, ya se está haciendo común en nuestras últimas salidas.

La carta menú está presentada, debo admitirlo, con desenfado y osadía. Hay en ella aun a esta altura un par de puntos oscuros que me gustaría clarificar en una próxima (no prometida) visita.

Por esta vez nos pedimos una jarra de sangría para 2 que a pesar de nuestros mejores esfuerzos, resultó suficiente para toda la velada y más, yo hubiera querido pedirnos vino tan solo para ver cómo se las ingeniarían para alcanzar las copas en el inmenso mueble (suelo al techo) en donde estaban colocadas.

De entrantes a compartir nos trajeron unos pimientos rellenos de atún de los que diré que eran eso, pimientos rellenos de atún. Y nada relleno de atún puede salir mal. Ese, amigo lector, es un pez infalible. También desembarcaron en nuestra mesa lo que resultó la estrella de la noche: unos caballitos de pulpo sobre guacamole y chips de malanga. Tomaría una semana en Twitter el describirte el sabor, así que lo dejo para tu visita. Altamente recomendado ese pulpo.

Los platos fuertes, puntas de filete a la Dutch y un filete de pescado estilo mediterráneo (término que a lo largo y ancho de decenas de menús en toda la Villa, acompaña a “al estilo del chef” en la difícil tarea de etiquetar “lo que sea que se nos ocurra”, casi siempre involucrando frutos secos), llegaron, vieron, vencieron y se fueron sin penas memorables ni glorias épicas. Quedaron en esa frontera de la memoria desde la que, un par de semanas después se requería la consulta de la carta como memento.

Restaurante & Bar Donde Lis

Restaurante & Bar Donde Lis

Para los postres un servicio completo de café (soy de los herejes que se relame ante un tinto cortico endulzado con miel) y ese agitar de sombrillas que antecede al regreso a esas calles que amo. Había escampado rato antes y el aire tenía esa cualidad cristalina que te corta el aliento, y de las casas que se nos venían encima salía ese rumor de maquinaria humana. Por un puñado de cuadras, calle arriba y hasta Prado, no dijimos nada. No hacía falta.

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